'Dogville', una historia de terror


Un hombre curioso Lars von Trier. Sin duda alguna, alguien a tener en cuenta en el cine moderno por sus diferentes y muy originales propuestas, todas ellas con algún elemento que o bien te puede revolver el estómago o dejarte pegado al sillón dándole vueltas a lo que quiera que sea que ha pasado por su cabeza a la hora de filmar. Para empezar, hablar de este danés es sinónimo de hablar de un movimiento que nació alla por 1995 llamado Dogma’95, cuyo pie de página vino firmado por este señor y por el tambien danés Thomas Vinterberg; en él, este par de cineastas, muy preocupados por el devenir del séptimo arte, redactaron algo que ellos vinieron a llamar ‘voto de castidad’, que no era otra cosa que una serie de reglas a seguir de manera estricta a la hora de filmar, que incluía postulados tales como la obligatoriedad de grabar cámara en mano, que el nombre del director no apareciera en los créditos, la prohibición de incluir música ambiental, o la necesidad de que la fotografía fuera en color, entre otros, todos ellos buscando un resurgir del cine y de la propia historia. Esta serie de normas tienen un par de estandartes cinematográficos, que son ‘Los idiotas’, de Lars von Trier y ‘Celebración’, de su colega Thomas Vinterberg.

Pero no es de la trayectoria de estos dos hombres de la que quiero hablar, sino de una conocida obra del autodeclarado mejor director del mundo: ‘Dogville’.

Esta cinta nos narra la historia de Grace, interpretada magistralmente por Nicole Kidman, una bella joven que llega a un pequeño pueblo en extrañas circunstancias pidiendo auxilio, que dada su situación es muy urgente. El filme es excéntrico desde su concepción, puesto que las viviendas que adornan el pueblo no existen, dejando en su lugar unos dibujos en el suelo que las representan, y todo en ella es de un surrealismo visual que roza los límites. Pero es este elemento en concreto el que encierra uno de sus mayores atractivos, que es poner de manifiesto lo superfluo de los elementos ambientales en una sociedad en decadencia y cuyos integrantes nada hacen por intentar subsanarlo, más bien todo lo contrario. Los habitantes de Dogville son desconfiados y recelosos por naturaleza, y si bien al principio hacen todo lo posible por mostrarse abiertos, aunque con reservas, al final acaba saliendo su verdadera cara, oscura y malévola como, según el director, cualquier colectivo cerrado que, como de la cinta se extrae, no es exclusivo de las altas esferas, sino que en cualquier lugar del mundo, incluso en el lugar más remoto y con apariencia más angelical, se puede encontrar la maldad más abyecta.

La historia está fragmentada en nueve capítulos, al principio de cada cual se nos explica con anterioridad lo que va a ocurrir, dando así paso a una atención superlativa en la que el espectador se fija en extremo en como ocurren las cosas y porque y no en los hechos finales. La carencia de decorados es por otra parte una generalización de la maldad y una manera de involucrar al espectador en la profundidad de la historia, pues ante la ausencia de elementos físicos solo quedan las personas y las relaciones que mantienen entre ellos, y los recursos que se utilizaron para el rodaje, como los planos cenitales en los que se nos muestra la acción como algo nimio y despersonalizado, ayudan de todas las maneras posibles a narrar la historia del bien y el mal vista desde los ojos de Lars von Trier.


Paul Bettany interpreta a un joven pensador nativo de Dogville, que con pasión intenta encontrar respuestas a las preguntas más insondables, y que desde el principio es el protector de Grace, luchando por sus intereses sin olvidar los suyos, e intentando que la adaptación al pueblo sea lo más eficaz posible. La joven, poseedora de un gran corazón y una capacidad de perdón infinita, es juzgada y criticada innumerables veces, siempre protegida a medias por el personaje de Paul Betanny, que a su vez se ve inmerso en un terrible dilema moral acerca de la conveniencia de las relaciones sociales y el amor que profesa hacia ellas.

Pero el quid de la cuestión está en que, de una manera poética, las interacciones lo son todo, y el principio de la causalidad impera en todo momento, aunque de manera implícita y muy contenida. Los habitantes de Dogville se sienten felices de si mismos y satisfechos de sus actos, y la única persona que parece pensar profundamente en las relaciones, tanto entre personas como con el ambiente, se ve limitado por su propia arrogancia. Tenemos así un concienzudo estudio acerca del origen de todo mal, y de cómo hasta el más bello e inmaculado ser se adapta a la adversidad sacrificando su moralidad y su entereza para responder ante una llamada de conciencia. El final, a medio camino entre la filosofía de Nietzsche y las tragedias griegas, es un canto a la irrevocabilidad de los actos y de cómo actúa la mente ante la presión y la traición.

Dogville es así una metáfora fascinante de la humanidad y los grupos que en ella se forman, y de cómo, en un aislamiento total puede también crecer el germen de la desconfianza y el canibalismo moral. Lars von Trier nos regala así una historia trazada milimétricamente y cuyos actores están todos soberbios, sin excepción. Desde la aquí maravillosa Nicole Kidman hasta el sorprendente Paul Bettany, ambos realizando una interpretación magnífica y contenida, haciendo suyos los papeles y metiéndose completamente en la piel de los habitantes del pueblo. Los secundarios también realizan una labor brillante, sobretodo teniendo en cuenta que, aunque el peso de la acción recae sobre el tándem protagonista, la ambientación y la atmósfera son el resultado de su trabajo. Lauren Bacall, Stellan Skarsgard, James Caan, Patricia Clarkson o Chloë Sevigny son algunos de los nombres que completan el reparto.


Por otro lado, y en cuanto a sus aspectos técnicos, no hay mucho que decir, ya que la puesta en escena es, como comentaba, austera y monocromática. La fotografía es excelente, como no podía ser de otra manera viniendo de Anthony Dod Mantle, que ya trabajó con Thomas Vinterberg en ‘Celebración’, y que, entre otras, es responsable de '28 días después’ y ‘Slumdog Millionaire’, ambas con Danny Boyle, y es gracias a esta última por la que ya adorna su estantería con un Oscar. El guión es, como no, del propio Lars von Trier, y la música que adorna la obra es de Antonio Vivaldi. Decir con respecto a esto que el director ha sido muy criticado, puesto que no respetó las reglas que el mismo había redactado para Dogma’95, y sobre las que actualmente ya hace absolutamente caso omiso, y sirva como ejemplo su reciente y polémica ‘Anticristo’, que coge todas las normas de su particular movimiento y las tira a la basura.

Concluyendo, tenemos entre las manos una fábula demoledora, por momentos lapidaria, que deja un amargo sabor de boca pero también una reflexión sobre las motivaciones humanas y como estas son utilizadas para hacer el bien o el mal. Un filme visualmente experimental pero muy humano en su contenido. Todos nos hemos sentido alguna vez como Grace en Dogville.

1 comentarios:

Iacus | 13 de mayo de 2010, 12:54

Conocí de la existencia de esta película al ver el documental "La guía del cine para pervertidos" (para pervertidos modifica a guía, no a cine xdd) y desde ese momento me intrigó su puesta en escena. Voy a tener que verla un día de estos.

El contenido de ese Dogma '95 parece patentemente ridículo, pero el concepto es muy interesante. No creo que esa clase de manuales de estilo puedan aplicarse al cine, pero sería muy interesante elaborar una especie de guía de "cómo hacer las cosas bien" para un medio con un componente más técnico/funcional como el videojuego.

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