El terror como retrato del ser humano


El cine Francés siempre tuvo algo de particular, y es que su modo de narrar rigiéndose por convenciones propias, tales como la contemplación, el ritmo pausado y el expresionismo visual no pasan desapercibidos ante nadie, por muy alejado que este uno de una posición analítica.

Claros ejemplos tenemos a este respecto, desde Alain Resnais hasta Jean-Pierre Jeunet, cuyas obras más representativas hacen gala de todo lo bueno que tiene el cine de nuestros vecinos, desde 'L'amour à mort' hasta 'Le fabuleux destin d'Amelie Poulain', más conocidas por aquí como 'El amor ha muerto' o 'Amelie'. Claro que no hay que haber nacido en este país para utilizar este estilo, pues ahí tenemos a gente como Michael Haneke, Lucrecia Martel o el Paul Thomas Anderson de 'Pozos de ambición', aunque a mi modo de ver estos últimos se dejan llevar por formalismos estéticos y olvidan una cosa muy importante: el alma del filme, la facilidad para evocar sensaciones que parecen tener todos los franceses muy hondo de su ser. Hay demasiadas cintas que se jactan de ser cinematográficamente puras (entendiendo esto como una representacion de que el séptimo arte se apoya en imágenes en movimiento ante todo y que sobra cualquier elemento extra) pero que carecen de la belleza propia de obras que no solo son arte visual, sino que también son hologramas de la propia alma.

No obstante, existe por ventura cierto género que, gracias a constantes revitalizaciones va conociendo una salida al mundo alejado de los más sangrantes tópicos. Me estoy refiriendo, como no, al terror.

Lejos han quedado ya cintas de lo más representativas como 'Viernes 13', 'Pesadilla en Elm Street' o 'La matanza de Texas', cuyas virtudes residían en que apostaban por algo aun no muy explotado, o al menos no tan trillado, como es el slasher. El poder de convocatoria de este género en aquellos maravillosos años respondía a las exigencias de un público que pedía emociones fuertes y verdaderas dosis de sangre, algo bastante ausente a no ser que nos fuéramos a la serie Z. Pero hoy en día, cansada como está la gente de ver asesinos en serie y atrocidades de lo más imaginativas, hay que ofrecer algo más para que la chispa no se apague y continuemos pasando miedo del genuino y mordiéndonos las uñas en señal inequívoca de angustia. Y en este punto es donde entramos en todo lo antes referido acerca del cine francés y como su modelo narrativo puede aportar algo al percal que hay montado alrededor de los 'Saw' y los 'Miedos 3D'.


'Martyrs' es una cinta de género dirigida por Pascal Laugier. Nos cuenta la historia de una niña que fue sometida a las mayores aberraciones que la más enferma de las mentes pueda imaginar, y lo mejor de todo es que desconocemos absolutamente el motivo. No quiero decir que no sea violenta, que lo es, o que no haya escenas polémicas porque si, que las hay, si no que a través de su metraje, oscuro y aterrador, hay un elemento que inspira mucho más temor que los miembros cercenados, que es la brutalidad y el extremismo del ser humano.

Su mirada sucia hacia la raza humana, ensombrecida por lentes de retazos bíblicos, la convierte en una obra que enarbolar cuando se hable de terror en estado puro, sin sobresaltos baratos a golpe de decibelio súbito y con mano firme a la hora de marcar un ritmo estable aunque deliciosamente impredecible. La cinta puede ser contemplada como una única unidad, que presenta, desarrolla y desenlaza, o bien puede funcionar como dos unidades, pudiendo ser la primera calificada como 'la consecuencia del mal' y la segunda como 'el origen del mal' o, simplemente, 'la mártir'. Muy interesante la manera del artesano tras las cámaras de mostrar como se puede alcanzar la redención de una manera poco habitual, y como todo ello puede llevar a la felicidad 'no deseada', tal y como dijo Gustave Flaubert:

La felicidad es una cosa monstruosa. Quienes la buscan encuentran su castigo.

Mylène Jampanoï (que trabajó muy recientemente con Clint Eastwood en su esperadísima 'Hereafter') y Morjana Alaoui, protagonistas absolutas de la cinta, se mueven delante de las cámaras con una soltura y una credibilidad envidiables, creyendo ver en todo momento a dos pobres mujeres enfrascadas en un absoluto caos del que no pueden escapar. Palabras mayores de mano de dos semi-desconocidas, demostrando gran sensibilidad, firmeza y contención (las lágrimas de Morjana Alaoui me hicieron revolver en el asiento).

Otra obra a tener en cuenta dentro de este movimiento sería 'À l'intérieur', de Alexandre Bustillo y Julien Maury, aunque su desesperación por impactar y sus giros argumentales poco desarrollados la convierten en débil combatiente contra la excelente 'Martyrs'.


Pero claro, después de hablar de las bondades de nuestros vecinos para convertir el horror en religión, sin abandonar en ningún momento el estilismo y el buen hacer, no puedo pasar por alto el hecho de que si, a alguien tenemos que agradecer el pavor más desenfrenado, es a los orientales, esos grandes desconocidos para el gran público, pero que sin duda alguna renovaron el género, entre otros gracias a Hideo Nakata, que consiguió con su 'The Ring (Ringu)' toda una revolución cinematográfica al mezclar el que tras su obra se convirtió en el estereotipo básico del terror nipón, la mujer desgreñada y silenciosa, con la tecnología, tras lo que le siguieron un sinfín de filmes hermanitos para aprovechar el filón, o Takashi Miike, transgresor y violento, que con obras como 'Ichi the Killer' se ha ganado el favor de crítica y público. No obstante, y a pesar de lo influyentes que hayan podido resultar esas dos últimas cintas mentadas, voy a hablar de una obra quizás no tan asequible, pero si mucho más rica e impactante. Se trata de 'Audition', del mismo Miike.

Nos cuenta la historia de un hombre que, tras el fallecimiento de su esposa, convoca un casting con la ayuda de un amigo productor para un filme imaginario con el fin de encontrar una mujer que le acompañe en su vida ahora tan vacía. Este punto de partida aparentemente tan convencional y que bien podría ser el de una común comedia de enredo, no es sino una tapadera para dejar libre un monstruo, un retorcido y brillante ejercicio de opresión que bien podría venir firmado por David Lynch. Su preciosismo visual, su arriesgada composición, su estilo narrativo y su ritmo in crescendo son una muestra de que, tras las telas de la confianza hay un reverso tenebroso que nos puede envolver en una espiral de delirio y pesadillas. Con suma destreza, y después de un primer acto apacible, el director nos lleva hacia el mundo onírico, y nos crea tal duda acerca de todo lo que creímos haber visto, que tras los créditos nos quedaremos un rato mirando el televisor apagado reflexionando sobre la fragilidad y la maldad del ser humano en forma de mujer desencantada con la vida. Sus enormes interpretaciones, obra de Ryo Ishibashi y Eihi Shiina, son un aliciente más para contemplar esta cinta, aunque es mejor hacerlo después de haber dejado el sentido del asco en la habitación, pues aunque la casquería no es ni mucho menos al estilo 'Braindead', si consigue, con muy poco, despertar la grima y los mordiscos al cojín.


El terror es un género que se manifiesta como verdadero desasosiego cuando nos enfrenta a lo posible y no a lo sobrenatural. Después de ver 'Alien', todos abandonamos nuestra postura y nos damos cuenta de que es altamente improbable que un bicho desproporcionado nos intente devorar hasta dejarnos secos, pero no resulta tan inconcebible encontrarse con una mujer que solo desea que la amen, y es capaz de todo por conseguirlo.

En los largometrajes de terror, creemos que el elemento terrorífico es un aspecto especial que no existe en la vida real y por eso lo disfrutamos solo en la sala de cine. Pero en la vida también existen cosas terroríficas y son llevadas a cabo por los seres humanos. Todas las personas lo llevamos dentro. De esta manera, filmando a los seres humanos la película adquiere de forma natural un tono de terror.

Takashi Miike


(Kiri, kiri, kiri)

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