Los hermanos Coen (III), 'Muerte entre las flores'


En el año 1990, los hermanos con el humor más negro del cine decidieron abandonar el camino tomado en su anterior 'Arizona baby', para enfrascarse en un viaje a través del cine más negro, ese que tiene como obra máxima e intocable 'El Padrino'. Un reto que no se presentaba nada fácil puesto que el género siempre fue poco dado a la renovación, por otro lado necesaria ya que la alargada sombra de la trilogía de Francis Ford Coppola marcó de por vida a muchos realizadores que se creyeron incapaces de superarla. No es el caso de Joel e Ethan Coen, que propusieron un magistral filme que, con los años y en lo que a mi respecta, se ha convertido en una de sus grandes obras maestras.

Nos situamos en un lugar sin nombre en el año 1929. Tom, encarnado por un increíble Gabriel Byrne, es la mano derecha de Leo, un Albert Finney en estado de gracia. Pero no tardará el lugarteniente del gangster más importante del lugar en plantarle cara a su protector, y que mejor manera para hacerlo que enamorarse de su mujer y luchar por su amor de una manera un tanto peculiar. De esta manera, y cegado de rabia por la falta de respeto de su subalterno, pero aun así cauteloso por el cariño que el paso de los años ha hecho que sienta por el, Leo declara la guerra a Tom y sus nuevos seguidores, dando pié a un entramado de traiciones, falsas apariencias y corrupción.

Ni que decir tiene que este despliegue se desarrolla en el más profundo de los niveles, atesorando grandes escenas en las que se nos muestra a los personajes desnudos, desprovistos de toda exigencia del guión y obviando por completo cualquier posible deux ex machina que, de manera ineludible siempre acecha a cualquier guionista (los hermanos Coen abordarían este tema más adelante en su notable 'Barton Fink'), resultando de una complejidad moral atípica en la que los sentimientos de nuestro protagonista son, a menudo, enfrentados entre la rabia de que su amada pertenezca a otro hombre y que ese hombre sea su mentor.


Gabriel Byrne da una verdadera lección de interpretación, recordando la composición de su personaje y la manera de abordarlo a veces al Tony Montana de Al Pacino. Este infravalorado intérprete tiene aquí su recompensa a su extensa pero poco agradecida carrera, que a todas luces supo aprovechar, ya que su intrincado rol le exigía grandes dosis de contención con pequeñas pizcas de la frialdad de los más grandes. Su relación con una muy dramática Marcia Gay Harden (en el papel de Verna) es tortuosa y con altibajos emocionales, todo ello no motivado por el personaje de Albert Finney, sino por el excéntrico John Turturro, Bernie, hermano de Verna y especialista en trabajillos de poca monta, cuyo fin está cerca debido a ciertos problemas relacionados con las apuestas. La muy trabajada química entre Harden y Byrne hace que sus escenas juntos desprendan chispas, consiguiendo que prestemos la máxima atención a los posibles cambios en la relación entre ambos que, ineludiblemente, podría cambiar la suerte de Tom.

Pero es John Turturro quien nos muestra el lado más humano de Gabriel Byrne, en una escena que corta el aliento con un revólver y un bosque por protagonistas. La mirada refleja compasión, pero el pulso no se altera ante nada. Las plegarias y el miedo a la muerte están en el ambiente, pero los oídos se quieren hacer los sordos. La humillación se cobra su víctima, y es entonces cuando con absoluta elegancia y templanza, Tom dispara su arma y se da la vuelta con una expresión inescrutable en el rostro solo al alcance de quien vive esa situación como si fuera propia. La situación no entiende lo que acaba de ocurrir, pero es que para entenderlo, Tom debería dar más muestras de sus verdaderas motivaciones, algo que de ocurrir desvirtuaría por completo al personaje y vaciaría por completo su razón de ser. La amoralidad y la falta de principios son los rasgos principales de una personalidad inquietante y sobria, que mediante actos ocultos va mostrando poco a poco quien es y porque hace lo que hace, nunca quedando sobre el papel la razón última de sus actos.

La historia está, cambiando de tercio, narrada con pericia, consiguiendo que el espectador olvide que está ante una pantalla para introducirse de lleno en la historia. No hay alardes técnicos ni pomposidades superfluas, solo una precisa cámara que ejerce de ojos y oídos de una historia perfectamente delimitada y sin cabos sueltos. Su contenido y su forma están en perfecta armonía, y su violenta pero poética puesta en escena da fe de ello, tejiendo entre sus planos escenarios de pesadilla y personalidades sarcásticas y mentirosas, ni siquiera preparadas para pronunciar la verdad ni ante si mismas. El juego que protagonizan Tom y Verna está narrado de manera irresoluble, dando a entender que no hay posibilidad de arreglo, ni siquiera cuando los dos amantes se pretenden abiertamente y sin tapujos.


La banda sonora es, como no y viniendo de Carter Burwell, una maravilla. El compositor, colaborador habitual de los hermanos (creó la música para todas sus cintas salvo para 'O Brother!', que estuvo a cargo de T. Bone Burnett), es, como nos tiene acostumbrados, atmosférica y acompañante, realzando y reforzando la parte visual de un filme que, con la guinda que le aporta la melodía, se erige como una perfecta simbiosis sensorial, satisfaciendo a todos los niveles una gran experiencia para los sentidos.

Barry Sonnenfeld repite con ellos detrás de los objetivos, siendo su fotografía una vez más excelente. Su ambiente paradójicamente sórdido e irónico responde a la perfección ante la necesidad de crear traición y desperdigamiento, con luminosidad y claroscuros. Después de este filme, los Coen no volverían a trabajar con el director de 'Men in black', y pasarían a confiar sus encuadres a Roger Deakins.

No cabe duda de que con esta película alcanzaron la cumbre de su talento, que sufrió de ciertos altibajos con el paso de los años. Su osado estilo culminó así erigiéndose como uno de los más prometedores en los años venideros, ya que gracias a la cinta que nos ocupa se metieron en el bolsillo a crítica y público, aunque hoy en día son más conocidos por el ácido y negro sentido del humor del que impregnaron sus más famosas obras. La facilidad que poseen para hilvanar a la perfección todo tipo de historias los ha convertido en excelentes guionistas y adaptadores de novelas, muy conscientes siempre de que el séptimo arte usa unas herramientas y un lenguaje narrativo propio.

No queda sino disfrutar de cintas como esta, cuyos infinitos detalles hacen de ella una perfecta candidata para una revisión. Y como no, para poder apreciar esa última mirada que Gabriel Byrne le dirige a Albert Finney, en la que lo dice todo y no dice nada, en la que ha ganado, pero también ha perdido, ya que entre los hilos de toda la película, se deja ver con facilidad una relación de amistad contradictoria y dolorosa que, a pesar de todo intento por perseverar, se ve estancada por unos motivos que son personales e intransferibles de uno de los personajes más complejos que saliera jamas de las manos de los hermanos Coen.

En la siguiente entrega analizaré la apuesta más arriesgada de nuestros judíos favoritos, 'Barton Fink', un drama en el que se aborda el metacine que, además, es una muy cruda crítica al funcionamiento de las productoras cinematográficas.

1 comentarios:

Cristina | 17 de septiembre de 2010, 22:58

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