'Enterrado', y todavía sin aliento


Uma Thurman en la saga ‘Kill Bill’ ya lo había hecho antes, pero solo a medias. Nadie hasta ahora había llevado tan lejos el concepto de enterrar a alguien vivo como Rodrigo Cortés, realizador y montador de la recién estrenada ‘Enterrado’, que no ha hecho más que atesorar premios a lo largo y ancho del mundo, de una manera más que merecida.

El punto de partida no puede ser más directo: un contratista civil destinado en Irak, Paul Conroy, se despierta dentro de un ataúd con la única ayuda de un mechero y un teléfono móvil. Es una de las apuestas más arriesgadas que servidor pudo ver en pantalla grande, si bien es cierto que, y como mi compañero i-chan comentó en esta entrada, el realizador orensano, movido por el libreto de Chris Sparling, no fue el primero en encerrar a alguien vivo dentro de una caja de madera. Pero hay una cosa en la que si fueron pioneros, y es en arrastrar hasta sus últimas consecuencias, llevando al publico por una amplia vorágine de emociones y sensaciones, un filme que, aun después de que sus créditos finales hayan terminado, te mantiene pegado a la butaca como si tu también estuvieras atrapado dentro de ese ataúd (en la sesión a la que yo asistí presencié algo digno de comentar, y es que toda la gente de la sala se quedó en absoluto silencio aun después de que las luces se hubieran encendido).

Ryan Reynolds da una clase magistral de interpretación, y aunque es cierto que era la parte implicada en la cinta que esperaba con más recelo, conforme iba avanzando el metraje me fui también tragando uno por uno todos mis prejuicios, y acabé inclinándome ante un actor que, después de esto, ha demostrado que tiene mucho que decir. Cada jadeo, cada suspiro, cada arrebato de ira y cada destello de los ojos está expresado con contención y extrema sensibilidad, todo ello mientras la minuciosa cámara de Cortés lo sigue muy de cerca con movimientos que uno no se imaginaría que pudieran darse dentro de una caja. Sirva de ejemplo un paneo de 360º que roza la perfección, y que no hace sino acentuar la claustrofobia al acercar al espectador, en una toma sin cortes, lo cerrado del habitáculo y la extrema limitación de movimientos de Paul Conroy.


Cabe también en la cinta una parte de afilada crítica, siguiendo la estela de su ópera prima ‘Concursante’, que ya se había apoyado en un tirón de orejas al sistema financiero para contarnos la historia de un hombre que, pese a ganarlo todo, no hizo más que perder en la vida. Y en ese aspecto, ‘Enterrado’ es igual: nos da una trama donde el extremo sentimiento de soledad y abandono, lo impasible del mundo ante el mal individual y lo inmoral de la sociedad es una tapadera para un descomunal thriller psicológico que, jugando con todas las armas que podamos imaginar nos entierra a merced de un mundo impertérrito y carente de ética en una vital contrarreloj, donde la principal preocupación es la falta de oxígeno y la esperanza y el desánimo se entrelazan en un baile que nunca se sale de tono. El realizador apuesta así por una cinta que utiliza el contexto como vehículo para contar una historia, sin caer nunca en las brumas de la política, en cuyo caso los efectos podrían haber sido desastrosos.

Pero si hay algo atrevido y particularmente brillante es el montaje, obra también de Rodrigo Cortés. Los créditos iniciales ya nos dejan taladrados al asiento, mientras las reminiscencias a Saul Bass en ellos nos van involucrando poco a poco en la obra y nos traslada durante unos instantes al Alfred Hitchcock de ‘Psicosis’, con formas geométricas que se deslizan por la pantalla y un tema introductorio, con presencia de profundos graves y dinamismo, que se encarga de ir trabajando en nuestros sentidos poco a poco, preparándonos para el espectáculo que vamos a presenciar, tal y como el realizador tenía previsto:

La película está diseñada para ser no solamente vista, sino experimentada con el cuerpo, algo sensorial, para que se reaccione visceralmente ante ella.

El uso de los claroscuros y las elipsis es muy acertado, convirtiendo así nuestros ojos en los del protagonista. No hay concesiones al público poniendo en pantalla brillantes imágenes que hagan más fácil el visionado, sino que la experiencia es dura y agotadora, tal y como sería en la realidad, consiguiendo una empatía absoluta con los espectadores, que sufren cada movimiento y cada lágrima del personaje de Ryan Reynolds. El ritmo narrativo va siempre hacia arriba, de una manera que no parece posible teniendo en cuenta las limitaciones espaciales del escenario, y jugando todo el rato con las posibilidades que brindan los escasos objetos con los que cuenta dentro de la caja, esboza un frenético ejercicio de fuga donde la lucha por la supervivencia y la frustración son protagonistas.


La dirección de fotografía, obra de Eduard Grau, es de una eficacia pasmosa, puesto que los encuadres son funcionales pero a su vez innovadores e imaginativos, y su factura técnica impecable. Tanto es así que, en los 93 minutos que dura la cinta, no hay ni la más mínima rotura de raccord, y la composición de planos es, en todos los casos, equiparable a la calidad de la obra en su conjunto, que acaba por manifestarse como una ópera cuya traca final deja sin aliento y que se acompaña de la curiosa música compuesta por Víctor Reyes —que ya había trabajado con el artesano en ‘Concursante’— y por el propio Rodrigo Cortés.

Las interpretaciones que se pueden extraer de la cinta son cuantiosas, dando pie a numerosas reflexiones que nos llevan a pensar que la conjunción entre forma y fondo es de todo menos trivial. Podemos ver así entre sus líneas cual es el verdadero miedo del ser humano que, vestido de claustrofobia y a unos cuantos metros bajo la superficie del desierto, muestra que lo realmente inquietante es que, aun pudiendo contactar con todas las personas que queramos del mundo, nos encontremos con las trabas que adornan nuestra vida diaria —todos nos hemos peleado con un teleoperador o sufrido a una maquina dictándonos unos numeritos— y con la mezquindad humana, pero que cuando se sufren bajo tierra cobran una importancia capital. Siguiendo en esta línea, y convirtiendo la cinta en una pequeña metáfora, trasladando así el tema central de la misma a la vida real, pasaríamos a transformar el ataúd en nuestra burbuja vital, nuestra particular atmósfera, de la que no podemos salir ni nadie puede entrar, y el teléfono móvil se vería convertido en el vehículo con el que contamos para comunicarnos con los demás, pero siempre de una manera impersonal y a través de un auricular. Pero llegado el momento de la verdad, nos encontraríamos con que la burbuja no explota y el móvil se queda sin batería, y nos transformaríamos en algo condenado a extinguirse en silencio, ya que nadie escucha y no importa donde estés. Pero todas estas vueltas de tuerca no serían más que divagaciones sobre una historia que, en primera instancia es una verbalización de la angustia que se puede llegar a experimentar ante situaciones adversas, y en última instancia, arte en estado puro. No es posible buscarle más literatura a algo que, de manera inherente, se muestra simple y llano, y que, de manera clarificadora, expone las penurias de alguien que ha sido degradado a comparsa y cuya situación se presenta muy complicada y contenida.


Resumiendo, una obra mayor dentro del séptimo arte, y muy en especial dentro del cine de nuestro país, que por fin va engrosando su currículo con cintas que muestran lo maravilloso del cine sin salir de nuestras paredes. Solo me queda recomendar encarecidamente su visionado —a poder ser en una sala de cine— y dar la enhorabuena a Rodrigo Cortés y todo su equipo.

3 comentarios:

ObiWan | 5 de octubre de 2010, 1:14

Obra maestra. De un maestro. Punto.

i-chan | 5 de octubre de 2010, 1:26

La última recomendación es fundamental, es imprescindible ver esta película en una sala de cine; no digo que no pueda ser disfrutable en la intimidad del hogar, pero desde luego la experiencia no es la misma. Ni de coña.

Excelente análisis, compañero. Yo ahora mismo estoy trabajando en un análisis pormenorizado de la puesta en escena de la película, que espero publicar en breves.

Juan Solo | 18 de octubre de 2010, 2:18

OBRA MAESTRA. Obra mayor, no de nuestro cine, sino de cualquier cine. Se hablará de esta película dentro de décadas. Gran artículo, y espero con impaciencia el de i-chan.

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